sábado, 24 de agosto de 2013

Teologìa Franciscana



I. Visión histórica 

Por una parte Francisco de Asís mantuvo una actitud de repulsa a los estudios, pues temía que de ellos brotara un peligro para la piedad, y rechazó la ciencia que deja seco el corazón y no sirve al amor. Por otra parte, mostró gran aprecio de la auténtica teología en su testamento: «Debemos honrar y venerar a todos los sabios de Dios, como a hombres que nos dan espíritu y vida.» A pesar de la inicial resistencia contra los estudios, se realizó un cambio sorprendentemente rápido. Alrededor del año 1250 había ya más de 30 escuelas de la orden. Los f. descollaron pronto entre los maestros más célebres. No sucumbieron al peligro temido por Francisco, sino que supieron combinar una gran sabiduría con una profunda piedad y sencillez. Fue decisiva para la teología franciscana la erección de estudios propios de la orden en las universidades de París y Oxford, que entonces estaban a la cabeza en materia teológica. En París, el año 1236 Alejandro de Hales (+ 1245) entró en la orden franciscana siendo ya maestro, con lo cual hizo que la orden tuviera por primera vez una cátedra en la universidad de París. Aquí destacó particularmente Buenaventura (+ 1274), que sin duda es la mejor encarnación del espíritu de la teología franciscana. Como general y «segundo fundador de la orden», aseguró un puesto firme a los estudios científicos en la orden franciscana. Él es el «príncipe entre los místicos» (con el título de Doctor seraphicus). En Oxford los f. erigieron un estudio propio en 1229. Su primer maestro, Roberto Grosseteste (+ 1253), que procedía del clero secular, marcó su sello en esta escuela, que presenta los siguientes rasgos esenciales: 1) estudio de la Biblia, 2) estudio de la lengua griega como medio necesario, 3) instrucción matemática y física. El estudio franciscano de Oxford se desarrolló rápidamente hasta llegar a ser la escuela más importante de la universidad de Oxford, y en general la escuela más influyente de los franciscanos.

Desde el punto de vista cronológico hay que distinguir: 1) la antigua escuela franciscana, que abarca la primera generación, es decir, los contemporáneos de Buenaventura (sus doctrinas características son agustinianas: materia espiritual, rationes seminales, pluralidad de formas, conocimiento bajo la luz increada, carácter substancial [no accidental] de las potencias del alma; sin embargo, en principio no se rechaza a Aristóteles, p. ej., la doctrina del hilemorfismo); 2) la escuela franciscana intermedia, a la que pertenecen los teólogos del tiempo posterior a Buenaventura hasta Juan Duns Escoto (en medio de un agustinismo fundamental, se aproxima más a Aristóteles); 3) la moderna escuela franciscana, que se remonta a Duns Escoto (t 1308) y se llama escotista. Escoto permaneció fiel al agustinismo, pero a la vez tuvo en gran estima a Aristóteles y Avicena. Como gran pensador especulativo (Doctor subtilis), analizó críticamente el caudal de la tradición, y además creó un sistema original. Entre sus discípulos y seguidores hubo teólogos importantes, pero ninguno alcanzó su altura. «Por tanto, la gran escuela franciscana de hecho con Duns Escoto llegó a su fin» (Dettloff). La decadencia general no pasó sin dejar huella en la teología franciscana. En conexión con la especulación acerca de la potencia absoluta de Dios, pasaron a primer plano meras sutilezas. La libertad soberana de Dios, tan acentuada por Escoto, ya no fue considerada en su unión con el amor, y degeneró muchas veces en arbitrariedad (--> escotismo).

II. Espiritualidad 

No existe una teología franciscana cerrada. Por esta razón, desde el punto de vista del contenido, la t. de los f. no puede caracterizarse a base de las tesis concordemente propugnadas en ella. Su peculiaridad no radica tanto en la doctrina cuanto en una espiritualidad propia. Esta queda concretada en determinados móviles intelectuales y modos de pensar, que estructuran y acuñan la teología franciscana. Mucho de esto se halla también fuera de la t. f. Pero allí no constituyó, o por lo menos no en igual medida, un elemento configurador del pensamiento teológico.

Las principales fuentes históricas de donde brota la peculiaridad de la teología franciscana, que llega a su apogeo en la alta -> escolástica, son el -> agustinismo y especialmente la personalidad de san Francisco. Los dos estudios más importantes de la orden en París y Oxford recibieron ya de sus primeros maestros un sello agustiniano. Aun cuando en el transcurso del tiempo se aceptó cada vez más el caudal aristotélico, sin embargo se mantuvo fundamentalmente la primitiva orientación agustiniana. No es casual el hecho de que la mayor parte de los agustinianos medievales fueran franciscanos, pues la espiritualidad franciscana y el agustinismo están íntimamente emparentados; en cambio el aristotelismo estuvo representado especialmente por Tomás de Aquino y su escuela. Mucho más importante que el agustinismo, cuyas tesis características pertenecen principalmente al terreno filosófico, es la espiritualidad que Francisco dejó en herencia a su orden. Esa espiritualidad aparece en los siguientes elementos estructurales, característicos de la teología franciscana, que se traslucen con suma claridad en Buenaventura y Escoto. 

1. La t. f. gira en torno a lo existencial y personal, así como en torno a la historia bíblica. El interés de Francisco está en el seguimiento de Cristo, es decir, en aquella realización cristiana de la existencia que conduce a la salvación. Anuncia exclusivamente el cumplimiento completo del evangelio, no una piedad especial. Exige solamente lo que exige la Escritura. Esta orientación de la t. f. se ve ya en la posición respecto de la filosofía, que no se cultiva por sí misma, sino con miras a la teología. Los problemas filosóficos son tratados bajo el aspecto teológico. La razón de esta actitud está en que la filosofía es incapaz de conducir a la salvación. Apud philosophos non est scientia ad dandam remissionem peccatorum (Buenaventura). La teología no sólo debe comunicar el saber de la salvación, sino, ante todo, conducir a la salvación misma. Por consiguiente, su objetivo principal no es tanto el conocimiento, cuanto la acción y la santificación del hombre. (ut boni fiamus [Buenaventura]). Es una ciencia, pero, todavía más, una sabiduría. Tiene relación con esto el hecho de que la t. f. piense con categorías personales más intensamente que las otras teologías contemporáneas. Lo cual se ve en la primacía del querer sobre el conocer, en la acentuación de la libertad divina y de la humana, y en el primado del amor. Así, p. ej., Escoto, en contraposición a Tomás de Aquino, defiende la libertad del hombre incluso en el caso de la visión de Dios, y considera que la esencia más íntima de la felicidad es el amor, forma suprema del encuentro personal. El matiz bíblico e histórico-salvífico se ve entre otras cosas en la posición central de la Biblia. Para Buenaventura la teología es primariamente estudio de la Biblia. En Oxford la exégesis constituye un objetivo fundamental. Esta orientación aparece con peculiar claridad en el punto mismo de partida del pensamiento. Así, p. ej., en la cuestión acerca de la facultad cognoscitiva del hombre, el interés no se dirige o apenas se dirige al hombre en sí, se centra en el hombre que existe concretamente, tal como se nos describe en la Escritura, es decir, en el hombre caído y redimido. La especulación está totalmente al servicio de la explicación del orden fáctico de la salvación.

2. La imagen de Dios está determinada sobre todo por el amor y la transcendencia. También aquí se manifiesta la herencia de Francisco, que en el Cántico di f rate sole invoca a Dios con sus palabras típicas: «¡Supremo, omnipotente, bondadoso Señor!» Buenaventura trata de entender el misterio de la Trinidad a partir del amor que se difunde libremente. De acuerdo con el principio fundamental platónico delbonum di f f usivum su¿ él considera la vida intradivina como un entregarse en forma de amor. Para Escoto no sólo el Espíritu Santo, sino Dios en general es f ormaliter caritas y dilectio per essentiam. Por esto mismo nada hay en Dios que no sea realmente idéntico con el amor. El amor es la razón más profunda de todo obrar divino. Con la magnánima donación de su amor, Dios busca al hombre para que ame junto con él. La transcendencia de Dios queda reflejada con lucidez en la admiración de Buenaventura ante la incomprensibilidad divina y en su docta ignorantia e igualmente en la acentuación de la libertad divina por parte de Escoto. La criatura debe su bondad a la libre voluntad de Dios: «Dios no quiere las cosas porque son buenas, sino que éstas son buenas porque él las quiere.» Esta misma soberanía aparece en el principio de su doctrina de la aceptación: Nihil creatum formaliter est a Deo acceptandum. Sin embargo, esta libertad no implica ninguna arbitrariedad, pues Dios es el amor, y en su actuación libre está vinculado a la bondad de su esencia; por consiguiente él sólo puede actuar en conformidad con su naturaleza, es decir, en conformidad con el amor.

3. Otra de las características de la teología franciscana es la actitud positiva ante las cosas de este mundo, actitud que goza de gran actualidad. En el Cantico di f rate sole, el santo saluda las cosas de este mundo como hermanas suyas. Ese amor franciscano a la naturaleza no es pura imaginación visionaria, sino que brota de la capacidad de encontrar a Dios en todas las cosas. Esta misma actitud se halla también en la t. f., sobre todo en el ejemplarismo simbólico de Buenaventura. La creación es un libro en el que, con la ayuda de la Escritura, podemos conocer y encontrar a Dios.

4. La t. f. es cristocéntrica. Para Francisco, embriagado de Jesús, la persona del Señor constituye el centro de la vida. Ninguna escuela teológica ha resaltado tanto la posición central de Cristo como la t. f. Para Buenaventura Cristo es el tenens medium in omnibus, centro y mediador de todo conocimiento teológico, centro de la Escritura y del universo. Escoto muestra claramente esta posición central en su doctrina acerca de la predestinación absoluta de Cristo. Escoto no fue el primero en defender esta doctrina, pero la reelaboró tan decisivamente, que justamente se atribuye a él su origen. Desde entonces, por primera vez Teilhard de Chardin, que usa como base las ciencias naturales, ha hecho un intento comparable al de Escoto, procurando entender a Cristo como centro de la creación.

5. La t. f. acentúa particularmente la humanidad de Cristo. También aquí, el principal impulso parte de Francisco, que venera sobre todo los misterios de la humanidad de Jesús (1223 construcción del «belén» en Greccio, 1224 estigmatización). Esa herencia prosigue en la t. f., donde más claramente en Escoto, que, por así decir, en su cristología «va hasta el límite de lo posible, a fin de dejar a salvo la realidad e integridad de la naturaleza humana de Cristo» (Dettloff). Este móvil actúa tras muchas tesis típicamente escotistas: p. ej., la determinación negativa de la personalidad humana, dos esse existentiae y dos filiaciones en Cristo, negación de la estricta infinitud de los méritos de Cristo a causa de la finitud de la naturaleza humana, con la que Cristo padeció. A la acentuación de la humanidad de Cristo está estrechamente vinculada la veneración a la madre del Señor. Es más que casualidad el hecho de que Escoto, uno de los dos mayores teólogos franciscanos, ostente el título de Doctor marianus a causa de los méritos adquiridos con su doctrina de la inmaculada Concepción.


BIBLIOGRAFIA: B. Geyer, Die mittelalterliche Philosophic: Ueberweg13 11 141-503 (cf. el índice); Gilson-BShner 473-510; H. Mühlen,Sein and Person nach Johannes Duns Scotus. Beitrag zur Grundlegung einer Metaphysik der Person (Franziskanische Forschungen 11)

lunes, 8 de julio de 2013

SAN FRANCISCO DE ASIS: FRANCISCO EL HERMANO UNIVERSAL

SAN FRANCISCO DE ASIS: FRANCISCO EL HERMANO UNIVERSAL: PARTE PRIMERA DE TOMAS DE CELANO Para alabanza de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. Comienza la vida de n...

FRANCISCO EL HERMANO UNIVERSAL



PARTE PRIMERA DE TOMAS DE CELANO

Para alabanza de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Comienza la vida de nuestro tantísimo padre Francisco.

                                                      
    Capítulo I

Su género de vida mientras vivió en el siglo

1. Hubo en la ciudad de Asís, situada en la región del valle de Espoleto (3), un hombre llamado Francisco (4); desde su más tierna infancia fue educado licenciosamente por sus padres, a tono con la vanidad del siglo; e, imitando largo tiempo su lamentable vida y costumbres, llegó a superarlos con creces en vanidad y frivolidad (5).

De tal forma ha arraigado esta pésima costumbre por todas partes en quienes se dicen cristianos y de tal modo se ha consolidado y aceptado esta perniciosa doctrina cual si fuera ley pública, que ya desde la cuna se empeñan en educar a los hijos con extrema blandura y disolutamente. Pues no bien han comenzado a hablar o a balbucir, niños apenas nacidos, aprenden, por gestos y palabras, cosas torpes y execrables; y, llegado el tiempo del destete, se les obliga no sólo a decir, sino a hacer cosas del todo inmorales y lascivas. Ninguno de ellos se atreve, por un temor propio de su corta edad, a conducirse honestamente, pues sería castigado con dureza. Que bien lo dice el poeta pagano (6): «Como hemos crecido entre las maldades de nuestros padres, nos siguen todos los males desde la infancia». Este testimonio es verdadero, ya que tanto más perjudiciales resultan a los hijos los deseos de los padres cuanto aquéllos con más gusto ceden a éstos.

Mas, cuando han avanzado un poco más en edad, ellos, por propio impulso, se van deslizando hacia obras peores. Y es que de raíz dañada nace árbol enfermo y lo que una vez se ha pervertido, difícilmente podrá ser reducido al camino del bien.

Y ¿cómo imaginas que han de ser cuando estrenan la adolescencia? En este tiempo, nadando en todo género de disolución, ya que les es permitido hacer cuanto les viene en gana, se entregan con todo ardor a una vida vergonzosa. Sujetos de este modo voluntariamente a la esclavitud del pecado, hacen de sus miembros armas de iniquidad; y, no poseyendo en sí mismos ni en su vida y costumbres nada de la religión cristiana, se amparan sólo con el nombre de cristianos. Alardean los desdichados con frecuencia de haber hecho cosas peores de las que realizaron, por que no sean tenidos como más despreciables cuanto más inocentes se conservan (7).

2. Estos son los tristes principios en los que se ejercitaba desde la infancia este hombre a quien hoy veneramos como santo -porque lo es-, y en los que continuó perdiendo y consumiendo miserablemente su vida hasta casi los veinticinco años de edad. Más aún, aventajando en vanidades a todos sus coetáneos, mostrábase como quien más que nadie incitaba al mal y destacaba en todo devaneo. Cautivaba la admiración de todos y se esforzaba en ser el primero en pompas de vanagloria, en los juegos, en los caprichos, en palabras jocosas y vanas, en las canciones y en los vestidos suaves y cómodos (8); y aunque era muy rico, no estaba tocado de avaricia, sino que era pródigo; no era ávido de acumular dinero, sino manirroto; negociante cauto, pero muy fácil dilapidador. Era, con todo, de trato muy humano, hábil y en extremo afable, bien que para desgracia suya. Porque eran muchos los que, sobre todo por esto, iban en pos de él obrando el mal e incitando a la corrupción; marchaba así, altivo y magnánimo en medio de esta cuadrilla de malvados, por las plazas de Babilonia, hasta que, fijando el Señor su mirada en él, alejó su cólera por el honor de su nombre y reprimió la boca de Francisco, depositando en ella su alabanza a fin de evitar su total perdición. Fue, pues, la mano del Señor la que se posó sobre él y la diestra del Altísimo la que lo transformó, para que, por su medio, los pecadores pudieran tener la confianza de rehacerse en gracia y sirviese para todos de ejemplo de conversión a Dios.

Capítulo II
Cómo Dios visitó su corazón por una enfermedad y por un sueño

3. En efecto, cuando por su fogosa juventud hervía aún en pecados y la lúbrica edad lo arrastraba desvergonzadamente a satisfacer deseos juveniles e, incapaz de contenerse, era incitado con el veneno de la antigua serpiente, viene sobre él repentinamente la venganza; mejor, la unción divina, que intenta encaminar aquellos sentimientos extraviados, inyectando angustia en su alma y malestar en su cuerpo, según el dicho profético: He aquí que yo cercaré tus caminos de zarzas y alzaré un muro (Os 2,6). Y así, quebrantado por larga enfermedad, como ha menester la humana obstinación, que difícilmente se corrige si no es por el castigo, comenzó a pensar dentro de sí cosas distintas de las que acostumbraba.

Y cuando, ya repuesto un tanto y apoyado en un bastón, comenzaba a caminar de acá para allá dentro de casa para recobrar fuerzas, cierto día salió fuera y se puso a contemplar con más interés la campiña que se extendía a su alrededor (9). Mas, ni la hermosura de los campos, ni la frondosidad de los viñedos, ni cuanto de más deleitoso hay a los ojos pudo en modo alguno deleitarle. Maravillábase de tan repentina mutación y juzgaba muy necios a quienes amaban tales cosas.

4. A partir de este día, comenzó a tenerse en menos a sí mismo y a mirar con cierto desprecio cuanto antes había admirado y amado. Mas no del todo ni de verdad, que todavía no estaba desligado de las ataduras de la vanidad ni había sacudido de su cerviz el yugo de la perversa esclavitud. Porque es muy costoso romper con las costumbres y nada fácil arrancar del alma lo que en ella ha prendido; aunque haya estado el espíritu alejado por mucho tiempo, torna de nuevo a sus principios, pues con frecuencia el vicio se convierte, por la repetición, en naturaleza.

Intenta todavía Francisco huir de la mano divina, y, olvidado algún tanto de la paterna corrección ante la prosperidad que le sonríe, se preocupa de las cosas del mundo, y, desconociendo los designios de Dios, se promete aún llevar a cabo las más grandes empresas por la gloria vana de este siglo. En efecto, un noble de la ciudad de Asís prepara gran aparato de armas, ya que, hinchado del viento de la vanidad, se había comprometido a marchar a la Pulla con el fin de acrecentar riquezas y honores (10). Sabedor de todo esto Francisco, que era de ánimo ligero y no poco atrevido, se pone de acuerdo con él para acompañarle; que si inferior en nobleza de sangre, le superaba en grandeza de alma, y si más corto en riquezas, era más largo en liberalidades.

5. Cuando se había entregado con la mayor ilusión a planear todo esto y ardía en deseos de emprender la marcha, Aquel que le había herido con la vara de la justicia lo visita una noche en una visión, bañándolo en las dulzuras de la gracia; y, puesto que era ávido de gloria, a la cima de la gloria lo incita y lo eleva. Le parecía tener su casa llena de armas militares: sillas, escudos, lanzas y otros pertrechos; regodeábase, y, admirado y en silencio, pensaba para sí lo que podría significar aquello. No estaba hecho a ver tales objetos en su casa, sino, más bien, pilas de paño para la venta. Y como quedara no poco sobrecogido ante el inesperado acaecer de estos hechos, se le dijo que todas aquellas armas habían de ser para él y para sus soldados. Despertándose de mañana, se levantó con ánimo alegre, e, interpretando la visión como presagio de gran prosperidad, veía seguro que su viaje a la Pulla tendría feliz resultado.

Mas no sabía lo que decía, ni conocía de momento el don que se le había dado de lo alto. Con todo, podía sospechar que la interpretación que daba a la visión no era verdadera, pues si bien pudiera sugerir que se trataba de una hazaña, su ánimo no encontraba en ello la acostumbrada alegría. Es más, tenía que hacerse cierta violencia para realizar sus proyectos y llevar a buen término el viaje por el que había suspirado. Muy hermosamente se habla aquí por primera vez de las armas y muy oportunamente se hace entrega de ellas al caballero que va a combatir contra el fuerte armado, para que, cual otro David, en el nombre del Señor, Dios de los ejércitos, libere a Israel del inveterado oprobio de los enemigos.

Capítulo III
Cómo, cambiado en el interior, mas no en el exterior,
habla alegóricamente del hallazgo de un tesoro y de una esposa

6. Cambiado ya, pero sólo en el interior y no externamente, renuncia a marchar a la Pulla y se aplica a plegar su voluntad a la divina (11). Y así, retirándose un poco del barullo del mundo y del negocio, procura guardar en lo íntimo de su ser a Jesucristo. Cual prudente comerciante, oculta a los ojos de los ilusos la perla hallada y con toda cautela se esfuerza en adquirirla vendiéndolo todo.

Tenía a la sazón en la ciudad de Asís un compañero, amado con predilección entre todos (12); como ambos eran de la misma edad y una asidua relación de mutuo afecto le hubiera dado ánimo para confiarle sus intimidades, le conducía con frecuencia a lugares apartados y a propósito para tomar determinaciones y le aseguraba que había encontrado un grande y precioso tesoro. Gozábase este su compañero, y, picado de curiosidad por lo oído, salía gustoso con él cuantas veces era invitado.

Había cerca de la ciudad una gruta, a la que se llegaban muchas veces, platicando mutuamente sobre el tesoro. Entraba en ella el varón de Dios, santo ya por su santa resolución, mientras su compañero le aguardaba fuera. Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo a su Padre. Tenía sumo interés en que nadie supiera lo que sucedía dentro (13), y, ocultando sabiamente lo que con ocasión de algo bueno le acaecía de mejor, sólo con su Dios deliberaba sobre sus santas determinaciones. Con la mayor devoción oraba para que Dios, eterno y verdadero, le dirigiese en sus pasos y le enseñase a poner en práctica su voluntad. Sostenía en su alma tremenda lucha, y, mientras no llevaba a la práctica lo que había concebido en su corazón, no hallaba descanso; uno tras otro se sucedían en su mente los más varios pensamientos, y con tal insistencia que lo conturbaban duramente. Se abrasaba de fuego divino en su interior y no podía ocultar al exterior el ardor de su espíritu. Dolíase de haber pecado tan gravemente y de haber ofendido los ojos de la divina Majestad; no le deleitaban ya los pecados pasados ni los presentes; mas no había recibido todavía la plena seguridad de verse libre de los futuros. He aquí por qué cuando salía fuera, donde su compañero, se encontraba tan agotado por el esfuerzo, que uno era el que entraba y parecía otro el que salía.

7. Cierto día en que había invocado la misericordia del Señor hasta la hartura, el Señor le mostró cómo había de comportarse (14). Y tal fue el gozo que sintió desde este instante, que, no cabiendo dentro de sí de tanta alegría, aun sin quererlo, tenía que decir algo al oído de los hombres. Mas, si bien, por el ímpetu del amor que le consumía, no podía callar, con todo, hablaba con mucha cautela y enigmáticamente. Como lo hacía con su amigo predilecto, según se ha dicho, acerca del tesoro escondido, así también trataba de hablar en figuras con los demás; aseguraba que no quería marchar a la Pulla y prometía llevar a cabo nobles y grandes gestas en su propia patria.

Quienes le oían pensaban que trataba de tomar esposa, y por eso le preguntaban: «¿Pretendes casarte, Francisco?» A lo que él respondía: «Me desposaré con una mujer la más noble y bella que jamás hayáis visto, y que superará a todas por su estampa y que entre todas descollará por su sabiduría». En efecto, la inmaculada esposa de Dios es la verdadera Religión que abrazó, y el tesoro escondido es el reino de los cielos, que tan esforzadamente él buscó; porque era preciso que la vocación evangélica se cumpliese plenamente en quien iba a ser ministro del Evangelio en la fe y en la verdad.

Capítulo IV
Cómo, vendidas todas las cosas, despreció el dinero recibido

8. He aquí que, constituido siervo feliz del Altísimo y confirmado por el Espíritu Santo, al llegar el tiempo establecido, secunda aquel dichoso impulso de su alma por el que, despreciado lo mundano, marcha hacia bienes mejores. Y no podía demorarse, porque un mal de muerte se había extendido en tal forma por todas partes y de tal modo se había apoderado de los miembros de muchos, que un mínimo de retraso de parte del médico hubiera bastado para que, cortado el aliento vital, se hubiera extinguido la vida.

Se levanta, protégese haciendo la señal de la cruz, y, aparejado el caballo, monta sobre él; cargados los paños de escarlata (15) para la venta, camina ligero hacia la ciudad de Foligno (16). Vende allí, como siempre, todo el género que lleva y, afortunado comerciante, deja el caballo que había montado a cambio de su valor; de vuelta, abandonado ya el equipaje, delibera religiosamente qué hacer con el dinero. Y al punto, maravillosamente convertido del todo a la obra de Dios, no pudiendo tolerar el tener que llevar consigo una hora más aquel dinero y estimando como arena toda su ganancia, corre presuroso para deshacerse de él.

Regresando hacia Asís, dio con una iglesia, próxima al camino, que antiguamente habían levantado en honor de San Damián (17), y que de puro antigua amenazaba ruina inminente.

9. Acercóse a ella el nuevo caballero de Cristo (18), piadosamente conmovido ante tanta miseria, y penetró temeroso y reverente. Y, hallando allí a un sacerdote pobre, besó con gran fe sus manos sagradas (19), le entregó el dinero que llevaba y le explicó ordenadamente cuanto se había propuesto.


Asombrado el sacerdote y admirado de tan inconcebible y repentina conversión, no quería dar crédito a lo que oía. Por temor de ser engañado, no quiso recibir el dinero ofrecido. Es que lo había visto, como quien dice ayer, vivir tan desordenadamente entre compañeros y amigos y superarlos a todos en vanidad. Mas él persiste más y más en lo suyo y trata de convencerle de la veracidad de sus palabras, y le ruega y suplica con toda su alma que le permita convivir con él por el amor del Señor. Por fin, el sacerdote se avino a que se quedase en su compañía; pero, por temor a sus parientes, no recibió el dinero, que el auténtico despreciador del vil metal arrojó a una ventana, sin preocuparse de él más que del polvo. Pues deseaba poseer la sabiduría, que vale más que el oro, y adquirir la prudencia, que es más preciosa que la plata (Prov 16,16)

lunes, 17 de junio de 2013

SAN FRANCISCO DE ASIS

SAN FRANCISCO DE ASIS: REGLA BULADA Y TESTAMENTO DE SAN FRANCISCO DE ASIS...: Regla bulada o definitiva (1223) 2Reg. I - ¡En el nombre del Señor! Comienza la vida de los hermanos menores La regla y vida ...

REGLA BULADA Y TESTAMENTO DE SAN FRANCISCO DE ASIS



Regla bulada o definitiva (1223)


2Reg. I - ¡En el nombre del Señor! Comienza la vida de los hermanos menores

La regla y vida de los hermanos menores es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia. sin nada propio y en castidad.

El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana. Y los otros hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores.

2Reg. II - Los que quieren tomar esta vida y cómo han de ser recibidos

Si algunos quieren tomar esta vida y vienen a nuestros hermanos, remítanlos a sus ministros provinciales, a ellos solamente, y no a otros, se conceda la licencia de recibir hermanos.

Y los ministros examínenlos diligentemente sobre la fe católica y los sacramentos de la Iglesia. Y si creen todo esto, y quieren profesarlo fielmente, y guardarlo firmemente hasta el fin, y no tienen mujeres -o, en el caso de tenerlas, también las mujeres han entrado ya en monasterio, o les han dado la licencia con la autorización del obispo diocesano, emitido ya el voto de continencia y siendo las mujeres de edad tal que de ellas no pueda originarse sospecha- , díganles la palabra del santo Evangelio (cf. Mt 19;21): que vayan y vendan todo lo suyo y procuren distribuírselo a los pobres. Y, si no pueden hacerlo, les es suficiente la buena voluntad.

Y guárdense los hermanos y sus ministros de tener solicitud por las cosas temporales de ellos, a fin de que hagan libremente de las mismas cuanto el Señor les inspire. Con todo, si se requiere un consejo, están autorizados los ministros para remitirlos a algunas personas temerosas de Dios, con cuyo consejo distribuyan sus bienes a los pobres.

Después, concédanles las prendas del tiempo de la probación; o sea: dos túnicas sin capucha, y cordón, y calzones, y capotillo hasta el cordón; a no ser que a los mismos ministros les parezca alguna vez otra cosa según Dios.

Y, cumplido el año de la probación, sean recibidos a la obediencia, prometiendo guardar siempre esta vida y regla. Y de ningún modo les estará permitido salir de esta Religión, según el mandato del señor papa; porque, según el santo Evangelio, ninguno que pone mano al arado y mira atrás es apto para el reino de Dios (Lc 9,62).

Y los que ya han prometido obediencia, tengan una túnica con capucha y otra sin capucha los que quieran tenerla.

Y quienes están apremiados por la necesidad pueden llevar calzado. Y todos los hermanos vistan ropas viles y puedan, con la bendición de Dios, remendarlas de sayal y de otros retales.

Amonesto y exhorto a todos ellos a que no desprecien ni juzguen a quienes ven que se visten de prendas muelles y de colores y que toman manjares y bebidas exquisitos; al contrario, cada uno júzguese y despréciese a sí mismo.

2Reg. III - El oficio divino, el ayuno y cómo han de ir los hermanos por el mundo

Los clérigos cumplan con el oficio divino según la ordenación de la santa Iglesia romana, a excepción del salterio, desde que puedan tener breviarios. Y los laicos digan veinticuatro padrenuestros por maitines; por laudes, cinco; por prima, tercia, sexta y nona, por cada una de estas horas, siete, por vísperas, doce, y por completas, siete. Y oren por los difuntos. Y ayunen desde la fiesta de Todos los Santos hasta la Navidad del Señor. Sin embargo, la santa cuaresma que comienza en la Epifanía y se prolonga cuarenta días continuos, la que el Señor consagró con su santo ayuno (cf. Mt 4,2), los que la ayunen voluntariamente, sean benditos del Señor, y los que no quieren ayunarla no sean obligados; pero la otra, que dura hasta la Resurrección del Señor, ayúnenla.

En otros tiempos, en cambio, no están obligados a ayunar sino los viernes. Con todo, en tiempo de manifiesta necesidad no están obligados los hermanos al ayuno corporal.

Aconsejo, amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a mis hermanos que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra (cf. 2Tim 2,14) ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente, como conviene. Y no deben cabalgar sino apremiados por una manifiesta necesidad o enfermedad. En toda casa en que entren digan primero: Paz a esta casa (cf. Lc 10,5). Y les está permitido, según el santo Evangelio, comer de todos los manjares que se les sirven (cf. Lc 10,8).

2Reg. IV - Los hermanos no reciban dinero

Mando firmemente a todos los hermanos que de ningún modo reciban dinero o pecunia ni por sí mismos ni por intermediarios. Sin embargo, únicamente los ministros y custodios provean con cuidado solícito, por medio de amigos espirituales, a las necesidades de los enfermos y al vestido de los hermanos, teniendo en cuenta los lugares, las épocas y las regiones frías, como vean que lo aconseja la necesidad; dejando siempre a salvo, como se ha dicho, el no recibir dinero o pecunia.

2Reg. V - Modo de trabajar

Aquellos hermanos a quienes ha dado el Señor la gracia del trabajo, trabajen fiel y devotamente de forma tal, que, evitando el ocio, que es enemigo del alma, no apaguen el espíritu (lTes 5,19) de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales. Y como remuneración del trabajo acepten, para sí y para sus hermanos, las cosas necesarias para la vida corporal, pero no dinero o pecunia; y esto háganlo humildemente, como corresponde a quienes son siervos de Dios y seguidores de la santísima pobreza.

2Reg. VI - Nada se apropien los hermanos, la mendicación y los hermanos enfermos

Los hermanos no se apropien nada para sí, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna .

Y, cual peregrinos y forasteros en este siglo (Gén 23,4; Sal 38,13; lPe 2,11), que sirven al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente. Y no tienen por qué avergonzarse, pues el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo (2Cor 8,9).

Esta es la excelencia de la altísima pobreza, la que a vosotros, mis queridísimos hermanos, os ha constituido en herederos y reyes del reino de los cielos, os ha hecho pobres en cosas y os ha sublimado en virtudes (Sant 2,5). Sea ésta vuestra porción , la que conduce a la tierra de los vivientes (Sal 141,6). Adheridos enteramente a ella, hermanos amadísimos, por el nombre nuestro Señor Jesucristo, jamás queráis tener ninguna otra cosa bajo el cielo.

Y dondequiera que estén y se encuentren unos con otros los hermanos, condúzcanse mutuamente con familiaridad entre sí. Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal (lTes 2,7), ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?

Y si alguno de los hermanos cae enfermo, los otros hermanos le deben servir como quisieran ellos ser servidos (Mt 7,12).

2Reg. VII - Penitencia que se ha de imponer a los hermanos que pecan

Si algunos de los hermanos, por instigación del enemigo, incurren en aquellos pecados mortales de los que está determinado entre los hermanos que se recurra a solos los ministros provinciales, están obligados dichos hermanos a recurrir a ellos cuanto antes puedan, sin demora.

Y los ministros mismos, si son presbíteros, impónganles la penitencia con misericordia; pero, si no lo son, hagan que se la impongan otros sacerdotes de la Orden, como les parezca que mejor conviene según Dios. Y deben evitar airarse y conturbarse por el pecado que alguno comete, porque la ira y la conturbación son impedimento en ellos y en los otros para la caridad.

2Reg. VIII - Elección del ministro general de esta fraternidad y Capítulo de Pentecostés

Todos los hermanos estén obligados a tener siempre por ministro y siervo general de toda la fraternidad a uno de los hermanos de esta Religión, y estén obligados firmemente a obedecerle.

Cuando éste fallezca, hágase la elección del sucesor por los ministros provinciales y custodios en el Capítulo de Pentecostés; y a este Capítulo deban siempre concurrir los ministros provinciales, dondequiera que lo estableciere el ministro general; y esto han de hacerlo una vez cada tres años, o en otro término de tiempo mayor o menor, como lo haya ordenado el dicho ministro.

Y si alguna vez parece claro al conjunto de los ministros provinciales y custodios que el dicho ministro es insuficiente para el servicio y utilidad común de los hermanos, estén obligados los referidos hermanos, a quienes se ha confiado la elección, a elegirse en el nombre del Señor otro para custodio.

Y después del Capítulo de Pentecostés puede cada uno de los ministros y custodios, si quiere y le parece conveniente, convocar a sus hermanos una vez ese mismo año a Capítulo en su custodia.

2Reg. IX - Los predicadores

Los hermanos no prediquen en la diócesis de un obispo cuando éste se lo haya prohibido.

Y ninguno de los hermanos se atreva absolutamente a predicar al pueblo, si no ha sido examinado y aprobado por el ministro general de esta fraternidad, y no le ha sido concedido por él el oficio de la predicación.

Amonesto además y exhorto a estos mismos hermanos a que, cuando predican, sean ponderadas y limpias sus expresiones (Sal 11,7; 17,31), para provecho y edificación del pueblo, pregonando los vicios y las virtudes, la pena y la gloria, con brevedad de lenguaje, porque palabra sumaria hizo el Señor sobre la tierra (Rom 9,28).

2Reg. X - Amonestación y corrección de los hermanos

Los hermanos que son ministros y siervos de los otros visiten y amonesten a sus hermanos, y corríjanlos humilde y caritativamente, y no les manden algo que esté en contra de su alma y de nuestra Regla.

Pero los hermanos que son súbditos recuerden que renunciaron por Dios a los propios quereres. Por lo cual, les mando firmemente que obedezcan a sus ministros en todo lo que prometieron al Señor guardar y no está en contra del alma y de nuestra Regla.

Y dondequiera que hay hermanos que sepan y conozcan que no pueden guardar espiritualmente la Regla, deben y pueden recurrir a sus ministros. Y los ministros acójanlos caritativa y benignamente, y tengan para con ellos una familiaridad tan grande, que puedan los hermanos hablar y comportarse con los ministros como los señores con sus siervos; pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los hermanos.

Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a que se guarden los hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia (Lc 12,15), preocupación y solicitud de este mundo (Mt 13,22), difamación y murmuración, y no se preocupen de hacer estudios los que no los hayan hecho. Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un corazón puro, y tener humildad y paciencia en la persecución y en la enfermedad, y amar a los que nos persiguen y reprenden y acusan, porque dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y calumnian (Mt 5,44). Dichosos los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10). Y quien persevere hasta el fin, éste se salvará (Mt 10,22).

2Reg. XI - Los hermanos no entren en monasterios de monjas

Mando firmemente a todos los hermanos que no tengan sospechoso trato o consejos de mujeres; y que no entren en monasterios de monjas, fuera de aquellos hermanos que tienen una licencia especial concedida por la Sede Apostólica; tampoco se hagan padrinos de varones o de mujeres, ni con esta ocasión se origine escándalo entre los hermanos o acerca de ellos.

2Reg. XII - Los que van entre sarracenos y otros infieles

Aquellos hermanos que quieren, por inspiración divina, ir entre sarracenos y otros infieles, pidan para ello la licencia a sus ministros provinciales. Pero los ministros no otorguen la licencia para ir sino a los que vean que son idóneos para ser enviados.

Además: impongo por obediencia a los ministros que pidan al señor papa un cardenal de la santa Iglesia romana que sea gobernador, protector y corrector de esta fraternidad; para que, siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica (Col 1,23), guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos.


Testamento espiritual de San Francisco de Asís

El Señor me dio a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia de esta manera. Porque, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me volvió dulzura del alma y del cuerpo. Y después de permanecer un poco, salí del siglo.

Y el Señor me dio una fe tal en las iglesias, que oraba y decía sencillamente: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

Después el Señor me dio, y me sigue dando, tanta fe en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con los pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias donde viven, no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a y a todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero ver pecado en ellos, porque en ellos miro al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por esto: porque en este siglo no veo nada físicamente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a los demás.

Y quiero honrar y venerar estos santísimos misterios por encima de todo y colocados en lugares preciosos. Y los santísimos nombres y palabras suyas escritas, donde los encuentre en lugares indebidos, quiero recogerlos y ruego que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. Y a todos los teólogos y a los que administran las santísimas palabras divinas debemos honrar y venerar, como a quienes nos administran espíritu y vida (cf. Jn 6,64).

Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente, y el señor papa me lo confirmó.

Y los que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener (Job 1,3), y se contentaban con una túnica, remendada por dentro y por fuera; con el cordón y los calzones. Y no queríamos tener más. El oficio lo decíamos los clérigos como los demás clérigos, y los laicos decían padrenuestros; y permanecíamos de muy buena gana en iglesias. Y éramos incultos y estábamos sometidos a todos.

Y yo trabajaba y quiero trabajar con mis manos; y quiero firmemente que todos los demás hermanos trabajen en algún oficio compatible con la decencia. Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir la paga del trabajo, sino por el ejemplo y para combatir la ociosidad. Y cuando no nos den la paga del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta.

El Señor me reveló que dijésemos este saludo: El Señor te dé la paz.

Guárdense los hermanos de recibir en absoluto iglesias, moradas pobrecillas, ni nada de lo que se construye para ellos, si no son como conviene a la santa pobreza prometida en la Regla, hospedándose siempre allí como forasteros y peregrinos (cf. Gén 23,4; Sal 38,13; lPe 2,11).

Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos, dondequiera que estén, que no se atrevan a pedir en la curia romana, ni por sí ni por intermediarios, ningún documento en favor de una iglesia ni de otro lugar, ni so pretexto de predicación, ni por persecución de sus cuerpos; sino que, allá donde no sean bien recibidos, márchense a otra tierra a hacer penitencia, con la bendición de Dios.

Y quiero obedecer firmemente al ministro general de esta fraternidad y al guardián que le plazca darme. Y así quiero estar, cautivo en sus manos, para no ir o hacer nada fuera de la obediencia y de su voluntad, porque es mi señor. Y, aunque soy simple y enfermo, quiero, no obstante, tener siempre un clérigo que me recite el oficio como se contiene en la Regla. Y todos los demás hermanos estén obligados de igual modo a obedecer a sus guardianes y a cumplir con el oficio según la Regla.

Y a los que se descubra que no cumplen con el oficio según la Regla y quieren variarlo de otro modo, o que no son católicos, todos los hermanos, dondequiera que sea, estén obligados por obediencia, allá donde encuentren a uno de ellos, de presentarlo al custodio más cercano al lugar donde lo descubran. Y el custodio esté firmemente obligado por obediencia, a custodiarlo fuertemente, día y noche, como a un prisionero, de manera que no puedan arrebatarlo de sus manos, hasta que lo entregue personalmente en manos de su ministro. Y el ministro esté firmemente obligado, por obediencia, a remitirlo por medio de hermanos, que lo custodien día y noche como a un prisionero, hasta que lo lleven a la presencia del señor de Ostia, que es señor, protector y corrector de toda la fraternidad.

Y no digan los hermanos que esta es otra Regla; porque esto es un recordatorio, amonestación y exhortación, y es mi testamento, que yo, fray Francisco, pequeñuelo, os hago a vosotros, mis hermanos benditos, por esto, para que mejor guardemos católicamente la Regla que prometimos al Señor.

Y el ministro general y todos los demás ministros y custodios estén obligados, por obediencia, a no añadir ni quitar nada a estas palabras. Y tengan siempre consigo este escrito junto a la Regla. Y en todos los Capítulos que celebren, cuando lean la Regla, lean también estas palabras. Y a todos mis hermanos, clérigos y laicos, mando firmemente, por obediencia, que no introduzcan glosas en la Regla ni en estas palabras, diciendo: Esto quieren dar a entender; sino que, así como me dio el Señor decir y escribir la Regla y estas palabras sencilla y puramente, así las entendáis, sencillamente y sin glosa, y las guardéis hasta el fin con obras santas.


Y todo el que observe estas cosas, sea colmado en el cielo de la bendición del altísimo Padre, y llenado en la tierra de la bendición de su Hijo amado, con el santísimo Espíritu Paráclito y con todas las virtudes de los cielos y con todos los santos. Y yo el hermano Francisco, pequeñuelo siervo vuestro, os confirmo cuanto puedo, interior y exteriormente, esta santísima bendición.